30 de junio de 2008

Fronteras

No cuento más que fronteras hacia cualquier dirección.
Marginado de un mundo que hago y no vivo.
Fronteras de sueños y de realidades.
Fronteras de odio, fronteras infames.
Fronteras tangibles y siempre intocables.
Silvio Rodríguez



Filosofía y violencia. Pensar y violencia. Pensar la violencia. Y muchas veces, pensar es violento. Por lo tanto, dos palabras que van relacionadas desde el inicio mismo de la historia del hombre y del pensamiento.
Heráclito y su concepción de que “la lucha es en efecto el generador de todas las cosas”.
Hobbes diciendo que “el hombre es el lobo del hombre”, y que por ende se necesita un Leviatán que infunda el temor y controle a estas bestias.
Hegel, para quien la historia de la humanidad es una “lucha (casi) a muerte por el reconocimiento”.
Sartre, más existencialista, ve en el encuentro interpersonal una afrenta, donde la mirada del otro es una mirada inquisidora y violenta, deseosa de mi derrota para apropiarse de lo mío. Y la muerte como la derrota final, la impotencia absoluta del hombre frente a la existencia, que lo convierte en botín de la humanidad. Hegel no se anima a matar al hombre. Sartre plantea que resulta inevitable y hasta necesario.
Una lista interminable. Imposible enumerar a todos los que abordaron esta cuestión tan cotidiana y tan estructural. La violencia merece ser pensada. Pero no de cualquier manera. Se debe hacer a conciencia, saliendo de los lugares comunes a los que nos tienen acostumbrados. Para llegar a fondo, no interesan las estadísticas, los índices, los porcentajes. Cada conflicto, cada muerte, cada sufrimiento, por estadísticamente irrelevante que resulte, tiene detrás una vida, una persona, con sus ideas, con sus vínculos, con su historia y sus proyectos. Evidentemente, es más fácil decir “los daños colaterales de la guerra tal fueron de un x%” que decir “maté a Fulano, arruiné su sueño de disfrutar de sus hijos, y con esto también trunqué una familia”.
Vivimos un momento de crisis: de valores, de creencias, de instituciones, de todo. Una crisis que parece signada por el lema “divide y reinarás”. Una crisis de “todos contra todos, y sálvese quien pueda”. Pero así, tomando la frase de Gandhi, “ojo por ojo, el mundo quedará ciego”. A la violencia no se le puede responder con más violencia. Estamos en una situación límite. Y, como bien sabemos, estas situaciones son inesquivables. Obligan a tomar posición.
Frente a esta realidad, dos grandes opciones. La primera, aceptarla. Naturalizarla. “Es lo que hay”. “Nos peleamos desde que el hombre es hombre”. “No debe ser tan así. Los medios a veces exageran un poco”. Intentos de negar o esquivar el problema. “Salidas fáciles” que establecen fronteras, que aíslan a los hombres, que los cierran en una cárcel con forma de burbuja. La tranquilidad de la inconsciencia. El problema es que, cuando llega, la violencia suele ser más cruel con ese tipo de gente. Y en ese momento, no queda otra que hacer opción por la segunda posibilidad (con lo cual, ¿por qué mejor no comenzar directamente por la segunda vía?)
La alternativa: pensar. Cuestionar. Rebelarse. Que la violencia no genere acostumbramiento. Decirle no, y proponer otro camino. Un camino de construcción de vínculos, de proyectos conjuntos. También tenemos numerosos ejemplos en la filosofía. Levinas, desde la vereda de enfrente de Sartre, se apropia de su símbolo. Pero su mirada ya no es aniquiladora. Esta mirada clama por ser reconocida como semejante, como alguien con el que se puede establecer una relación de igual a igual. Y la respuesta es también una mirada. Una mirada que plenifica. Una mirada de amor. Desde acá se puede pensar en una sociedad que no sea como el Leviatán, sino una sociedad de iguales que se reúnen en comunidad porque se dan cuenta de que juntos pueden más, como propuso Francisco Suárez.
Y a lo largo de la historia, el arte siempre ha sido herramienta privilegiada para expresar este pensar la violencia. El arte demostró que tiene un poder que le es propio, que no puede ser igualado por el de ninguna teoría. Porque una idea puede movilizar intelectos. Pero el arte moviliza eso y mucho más. Moviliza al hombre todo: ideas, convicciones, sentimientos, pasiones. No por nada el Guernica de Picasso es fundamental en la obra del siglo XX.
Las obras de arte demuestran esta intencionalidad “revolucionaria”. Lo hacen en tono de denuncia, de rechazo, en cierto modo, de “exorcismo” de nuestra cotidianidad frente a los males que la aquejan. El animarnos a mirar a fondo lo que nos rodea, nos da herramientas para poder pensar en alternativas, para poder deconstruir esta realidad y convertirla en algo mejor. En un mundo donde las líneas no generen divisiones como en los mapas políticos, sino vínculos que nos permitan una comunicación cada vez más profunda y más humana.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encanto, me dejo pensando y reflexionando bastante!

saludos~