Maxi es un pibe de 13 años. Va junto conmigo al colegio, a primer año. Lo conozco hace un montón. Éramos compañeros en la primaria y nuestras familias se conocían desde mucho antes. Es flaco, ni muy alto ni muy bajo, de ojos marrones y pelo castaño, algo largo.
Este último año le estuvieron pasando muchas cosas. Yo veía que algo le pasaba, pero no sabía qué era hasta hace poco, cuando tuvimos una charla que nos dejó a los dos muchas cosas para pensar sobre nosotros mismos.
Todo empezó cuando tuvimos que volver al colegio después de las vacaciones de verano. Empezaba una etapa nueva, 1º año. El venía de la primaria de otro colegio, junto conmigo y con otro amigo: Fernando. Teníamos muchas expectativas por conocer nuevos compañeros y compañeras. Pero también estábamos muy nerviosos, por saber cómo nos íbamos a integrar al grupo nuevo (él es algo tímido), y por todas las cosas nuevas que íbamos a tener que empezar a hacer (estudiar más, conocer lo que esperaban de él 14 profesores distintos, movernos más solos con los horarios, etc.).
Los primeros días fueron complicados. Éramos “bichos raros” todo el tiempo. Los alumnos más grandes, nos miraban como imponiendo respeto, marcando el “derecho de piso”. La mayoría de nuestros compañeros venían de uno o dos colegios primarios, con lo cual ya se conocían y formaban grupos más o menos unidos… y bastante cerrados. Así que él se quedó todos los recreos conversando en un costado del patio con Fer y conmigo.
Al poco tiempo, la cosa empezó a cambiar. Se había empezado a llevar bien con otros dos chicos: Pablo y Leonardo. Con ellos empezó a hablar a partir de un TP que tenían que hacer en grupo. Y charlando, cuando se juntaban para estudiar, se dieron cuenta de que tenían muchas cosas en común: la música, el cine, el fútbol (aunque Maxi y Fer son de River, Pablo y yo de Boca, y Leonardo de Racing, motivo de varias discusiones acaloradas). Junto con Maxi y los otros logramos formar un grupo unido. Íbamos a jugar a la pelota, nos juntábamos en la casa de alguno a comer unas pizzas y tocar la guitarra… incluso pensamos en formar una banda.
Pero la cosa no iba a quedar así. Más o menos a mitad de año, a Maxi le empezó a gustar una chica del curso: Florencia. Ella no formaba parte de nuestro grupo de amigos. Es más, casi ni se hablaban. Era del grupo de las “lindas”. No se acercaba a chicos como nosotros. El estuvo un tiempo largo sin saber cómo acercarse a ella… hasta que se dio la oportunidad casi sin darse cuenta. En un cumpleaños de un amigo en común, Maxi tocó un par de canciones con la “banda”. Y dio la casualidad que eran canciones que le encantaban a Florencia. Así que después de que terminó el “show”, ella se acercó a Maxi y estuvieron charlando casi toda la noche.
Maxi no sabía qué hacer. Florencia y sus amigos no teníamos nada que ver. Nosotros somos medio chantas, nos gusta la cumbia, el fútbol y las películas de acción. Ella, siempre preocupada porque la ropa sea de moda, escucha sólo marcha y Alejandro Sanz (odia la cumbia, porque es “de negro”), le encanta el voley y las películas de amor.
La situación de Maxi era complicada. No quería perder a ninguno de sus amigos, pero no sabía cómo. En los recreos y momentos libres del colegio, estaba como perdido. En el patio, estaba un rato con nosotros, hablando de música o pateando latitas en un “picadito” imaginario; pero en cuanto veía que Florencia lo estaba mirando, dejaba todo lo que estaba haciendo, y se iba con ella. Otras veces era al revés: estaba con Florencia, charlando, embobado, hasta que pasábamos y le pedíamos que se sumara al partido, porque faltaba uno. En esos momentos, tratando de explicarle a Florencia la importancia de ser parte de un equipo, se despedía rápidamente y corría hasta las canchas de la vuelta del colegio, donde ya se estaba armando el partido.
Y fue entonces que empezaron los reclamos de ambas partes. Florencia le reclamaba que le preste más atención, que no siga poniendo el fútbol antes que ella, que cuando salen no esté tarareando siempre canciones de cumbia, que deje que sus amigos se arreglen entre ellos cuando él intercedía en alguna pelea, generalmente debida a gastadas por la fecha del domingo, etc..
Fer y yo le reclamábamos que éramos sus amigos de siempre, que nos banque, que no nos abandone por pavadas… Pablo y Leo siempre le reclamaban sus ausencias en el fútbol, su forma de tratarlos, que quisiera incluir en las canciones de la banda algunas de las que quería Florencia… La cosa se ponía cada vez más densa… se sentía tironeado desde todos lados…
Hasta que un día decidió que tenía que hacer algo. Dejó todo lo que tenía para hacer, me llamó y nos fuimos a caminar por ahí, charlando. Maxi quería aclarar sus diferencias. Después de hacer varias cuadras hablando de pavadas, se hizo un silencio. Parecía que ya no teníamos nada que decirnos, que no encontrábamos temas de conversación... hasta que habló Maxi.
- ¿Qué pasa? ¿Ya ni me hablás?
- ¿Qué te pasa a vos, nene? Estás re-cortado, ¿y ahora me decís esto?
- Yo no te hice nada. Ustedes me dejan afuera. No se bancan que tenga que salir con Florencia.
- Nada que ver. Es ella la que no quiere que estés con nosotros. Fijate como nos mira… como si fuésemos menos que ella.
- ¿Qué decís? Ella no me decía nada hasta que ustedes se pusieron densos con sus reclamos… por el fútbol… por la banda… ¡Si son ustedes los que no quieren que cantemos nada más que cumbia! Ya parecemos re-negros…
- ¡Ves! – le dije, interrumpiéndolo – eso no lo pensás vos. Eso es algo que te dijo ella. Si a vos te encanta la cumbia. No podés dejar de cantar y bailar con cualquier canción que escuches.
- No sé, no sé… – se quedó callado unos segundos, como sin saber qué decir – No creo que sea así. Pensé que me conocías. Yo siempre digo lo que yo pienso, no lo que me dicen los demás.
- Yo también pensé que te conocía – ya mi enojo empezaba a desaparecer, ahora era otra cosa lo que sentía – pero parece que no. ¿Desde cuándo vas al cine a ver películas románticas? ¿Y desde cuándo, si se puede saber, te preocupa tanto no ensuciarte la ropa, o que sea de marca? Si toda la vida usaste las zapatillas hasta que no tenían ni suela, y la gorra roja que te regalamos hace tanto que ya estaba toda deshilachada.
- ¿Qué pasa con eso? La gorra la sigo teniendo, pero ya fue… y lo de la ropa, no se que tiene de malo ¿no puedo vestirme bien?
- Si, poder… podés… Pero no parecés vos… es como si fueras otro pibe… Como si te hubieran cambiado.
- Nada que ver. Los que cambiaron son ustedes… – se queda pensativo – Aunque en algunas cosas tenés razón. A veces a mí también me parece que me pierdo de un montón de cosas que hacía antes con ustedes. Hay días que estoy con Florencia y me muero por ir a patear un rato con ustedes a la canchita.
- ¿Viste? Al final no estamos tan equivocados. Vos cambiaste…
- Si… puede ser… pero la verdad que no se… es raro… es como que no se bien qué hacer en cada momento… a veces quiero estar con ella… a veces con ustedes… me gusta usar la ropa de siempre… pero a veces pienso que queda re-roñoso y quiero comprarme ropa nueva, de marca… que se yo… es complicado…
- Es verdad. – en ese momento sentí que empezaba a entender por dónde pasaba la cosa – A mí a veces también me pasa lo mismo… en casa me piden que sea de una manera, que haga las cosas como ellos quieren… me dicen que no soy el hijo que tenían de chiquito… ustedes me reclaman cosas… pero yo también quiero hacer lo que hago ahora, como a mí se me cante… es como que no sé bien quién soy… cómo quiero ser…
Después de un rato de seguir caminando, la charla se fue desviando para otros temas. Me parece que los dos nos dimos cuenta de que estábamos pasando por lo mismo, y que seguíamos siendo los mismos de siempre, pero con algunas diferencias… Nos sentamos en un kiosco a tomar algo… y seguimos siendo muy buenos amigos hasta el día de hoy.
Este último año le estuvieron pasando muchas cosas. Yo veía que algo le pasaba, pero no sabía qué era hasta hace poco, cuando tuvimos una charla que nos dejó a los dos muchas cosas para pensar sobre nosotros mismos.
Todo empezó cuando tuvimos que volver al colegio después de las vacaciones de verano. Empezaba una etapa nueva, 1º año. El venía de la primaria de otro colegio, junto conmigo y con otro amigo: Fernando. Teníamos muchas expectativas por conocer nuevos compañeros y compañeras. Pero también estábamos muy nerviosos, por saber cómo nos íbamos a integrar al grupo nuevo (él es algo tímido), y por todas las cosas nuevas que íbamos a tener que empezar a hacer (estudiar más, conocer lo que esperaban de él 14 profesores distintos, movernos más solos con los horarios, etc.).
Los primeros días fueron complicados. Éramos “bichos raros” todo el tiempo. Los alumnos más grandes, nos miraban como imponiendo respeto, marcando el “derecho de piso”. La mayoría de nuestros compañeros venían de uno o dos colegios primarios, con lo cual ya se conocían y formaban grupos más o menos unidos… y bastante cerrados. Así que él se quedó todos los recreos conversando en un costado del patio con Fer y conmigo.
Al poco tiempo, la cosa empezó a cambiar. Se había empezado a llevar bien con otros dos chicos: Pablo y Leonardo. Con ellos empezó a hablar a partir de un TP que tenían que hacer en grupo. Y charlando, cuando se juntaban para estudiar, se dieron cuenta de que tenían muchas cosas en común: la música, el cine, el fútbol (aunque Maxi y Fer son de River, Pablo y yo de Boca, y Leonardo de Racing, motivo de varias discusiones acaloradas). Junto con Maxi y los otros logramos formar un grupo unido. Íbamos a jugar a la pelota, nos juntábamos en la casa de alguno a comer unas pizzas y tocar la guitarra… incluso pensamos en formar una banda.
Pero la cosa no iba a quedar así. Más o menos a mitad de año, a Maxi le empezó a gustar una chica del curso: Florencia. Ella no formaba parte de nuestro grupo de amigos. Es más, casi ni se hablaban. Era del grupo de las “lindas”. No se acercaba a chicos como nosotros. El estuvo un tiempo largo sin saber cómo acercarse a ella… hasta que se dio la oportunidad casi sin darse cuenta. En un cumpleaños de un amigo en común, Maxi tocó un par de canciones con la “banda”. Y dio la casualidad que eran canciones que le encantaban a Florencia. Así que después de que terminó el “show”, ella se acercó a Maxi y estuvieron charlando casi toda la noche.
Maxi no sabía qué hacer. Florencia y sus amigos no teníamos nada que ver. Nosotros somos medio chantas, nos gusta la cumbia, el fútbol y las películas de acción. Ella, siempre preocupada porque la ropa sea de moda, escucha sólo marcha y Alejandro Sanz (odia la cumbia, porque es “de negro”), le encanta el voley y las películas de amor.
La situación de Maxi era complicada. No quería perder a ninguno de sus amigos, pero no sabía cómo. En los recreos y momentos libres del colegio, estaba como perdido. En el patio, estaba un rato con nosotros, hablando de música o pateando latitas en un “picadito” imaginario; pero en cuanto veía que Florencia lo estaba mirando, dejaba todo lo que estaba haciendo, y se iba con ella. Otras veces era al revés: estaba con Florencia, charlando, embobado, hasta que pasábamos y le pedíamos que se sumara al partido, porque faltaba uno. En esos momentos, tratando de explicarle a Florencia la importancia de ser parte de un equipo, se despedía rápidamente y corría hasta las canchas de la vuelta del colegio, donde ya se estaba armando el partido.
Y fue entonces que empezaron los reclamos de ambas partes. Florencia le reclamaba que le preste más atención, que no siga poniendo el fútbol antes que ella, que cuando salen no esté tarareando siempre canciones de cumbia, que deje que sus amigos se arreglen entre ellos cuando él intercedía en alguna pelea, generalmente debida a gastadas por la fecha del domingo, etc..
Fer y yo le reclamábamos que éramos sus amigos de siempre, que nos banque, que no nos abandone por pavadas… Pablo y Leo siempre le reclamaban sus ausencias en el fútbol, su forma de tratarlos, que quisiera incluir en las canciones de la banda algunas de las que quería Florencia… La cosa se ponía cada vez más densa… se sentía tironeado desde todos lados…
Hasta que un día decidió que tenía que hacer algo. Dejó todo lo que tenía para hacer, me llamó y nos fuimos a caminar por ahí, charlando. Maxi quería aclarar sus diferencias. Después de hacer varias cuadras hablando de pavadas, se hizo un silencio. Parecía que ya no teníamos nada que decirnos, que no encontrábamos temas de conversación... hasta que habló Maxi.
- ¿Qué pasa? ¿Ya ni me hablás?
- ¿Qué te pasa a vos, nene? Estás re-cortado, ¿y ahora me decís esto?
- Yo no te hice nada. Ustedes me dejan afuera. No se bancan que tenga que salir con Florencia.
- Nada que ver. Es ella la que no quiere que estés con nosotros. Fijate como nos mira… como si fuésemos menos que ella.
- ¿Qué decís? Ella no me decía nada hasta que ustedes se pusieron densos con sus reclamos… por el fútbol… por la banda… ¡Si son ustedes los que no quieren que cantemos nada más que cumbia! Ya parecemos re-negros…
- ¡Ves! – le dije, interrumpiéndolo – eso no lo pensás vos. Eso es algo que te dijo ella. Si a vos te encanta la cumbia. No podés dejar de cantar y bailar con cualquier canción que escuches.
- No sé, no sé… – se quedó callado unos segundos, como sin saber qué decir – No creo que sea así. Pensé que me conocías. Yo siempre digo lo que yo pienso, no lo que me dicen los demás.
- Yo también pensé que te conocía – ya mi enojo empezaba a desaparecer, ahora era otra cosa lo que sentía – pero parece que no. ¿Desde cuándo vas al cine a ver películas románticas? ¿Y desde cuándo, si se puede saber, te preocupa tanto no ensuciarte la ropa, o que sea de marca? Si toda la vida usaste las zapatillas hasta que no tenían ni suela, y la gorra roja que te regalamos hace tanto que ya estaba toda deshilachada.
- ¿Qué pasa con eso? La gorra la sigo teniendo, pero ya fue… y lo de la ropa, no se que tiene de malo ¿no puedo vestirme bien?
- Si, poder… podés… Pero no parecés vos… es como si fueras otro pibe… Como si te hubieran cambiado.
- Nada que ver. Los que cambiaron son ustedes… – se queda pensativo – Aunque en algunas cosas tenés razón. A veces a mí también me parece que me pierdo de un montón de cosas que hacía antes con ustedes. Hay días que estoy con Florencia y me muero por ir a patear un rato con ustedes a la canchita.
- ¿Viste? Al final no estamos tan equivocados. Vos cambiaste…
- Si… puede ser… pero la verdad que no se… es raro… es como que no se bien qué hacer en cada momento… a veces quiero estar con ella… a veces con ustedes… me gusta usar la ropa de siempre… pero a veces pienso que queda re-roñoso y quiero comprarme ropa nueva, de marca… que se yo… es complicado…
- Es verdad. – en ese momento sentí que empezaba a entender por dónde pasaba la cosa – A mí a veces también me pasa lo mismo… en casa me piden que sea de una manera, que haga las cosas como ellos quieren… me dicen que no soy el hijo que tenían de chiquito… ustedes me reclaman cosas… pero yo también quiero hacer lo que hago ahora, como a mí se me cante… es como que no sé bien quién soy… cómo quiero ser…
Después de un rato de seguir caminando, la charla se fue desviando para otros temas. Me parece que los dos nos dimos cuenta de que estábamos pasando por lo mismo, y que seguíamos siendo los mismos de siempre, pero con algunas diferencias… Nos sentamos en un kiosco a tomar algo… y seguimos siendo muy buenos amigos hasta el día de hoy.
2 comentarios:
No se si esta basado en algo real, pero me gusto bastante, y el que narraba, se me da que estaba celoso!
Todos cambiamos siempre, al menos eso pienso. Pero siempre esta la diferencia de la desición de cambiar; esta el que te quiere cambiar contra tu voluntad para formar un modelo perfecto (o lo que ese cree ser "perfecto") y está aquel que te muestra que tipo de cambios podes hacer y si te gustan esta y si no te bancan como sos.
Yo vivo de dos modos, el primero es con mi curso que es moderno y jodón y despues vivo con mis circulo que lle libros y filosofea (como me gusta decirle), y hasta ahora ninguno trato de que cambiara (a los que lo intentaron fallaron...).
Supongo que se puede jugar al futbol con ropa de marca y cantar Alejandro Sanz usando una gorra "de negro".
Saludos.
Publicar un comentario