19 de agosto de 2011

Encuentro en cuarta fase...[1]

Tras dos o tres de esas copas, mi viejo me miró muy serio a los ojos, como si hubiera decidido confiarme el mayor secreto de su vida.

- ¿No te habrás olvidado de nuestro jardín en Hisoy, verdad?

No me digné contestar una pregunta tan tonta, y él tampoco esperaba ninguna respuesta.

- Bueno – continuó – entonces escúchame bien, Hans Thomas. Imaginémonos que un día sales al jardín y descubres un pequeño marciano entre los manzanos. Digamos que es un poco más pequeño que tú, y en lo que respecta a si el hombrecillo es amarillo o verde, se lo dejo a tu imaginación.

Asentí con la cabeza, no hubiera servido de nada protestar por el tema elegido.

- El forastero se queda mirándote fijamente, como se suele mirar a seres de otro planeta. La cuestión es cómo reaccionarías .

Estuve a punto de decir que le habría invitado a un desayuno del planeta Tierra, pero dije que seguramente me hubiese entrado tal pánico que me hubiera puesto a gritar como un loco.

Mi viejo asintió con la cabeza, evidentemente satisfecho por mi respuesta. Al mismo tiempo, comprendí que tenía algo más que decir.

- ¿No crees que también te preguntarías quién era ese hombrecillo y de dónde vendría?

- Naturalmente – contesté.

Volvió a echar la cabeza hacia atrás, como si estuviera examinando a todas las personas de la plaza. Luego preguntó:

- ¿No se te ha ocurrido nunca pensar que tú mismo puede ser uno de esos marcianos?

Estaba acostumbrado a escuchar todo lo que salía de su boca, pero entonces tuve que agarrarme al borde de la mesa, para no caerme de la silla en la que estaba sentado.

- O un terrestre, si quieres. En realidad, no importa gran cosa cómo llamemos al planeta en que vivimos. Lo importante es que tú eres un hombrecillo de dos patas que anda a gatas por un planeta del universo.

- Exactamente como ese marciano.

Mi viejo asintió y continuó:

- Aunque no tropieces con un marciano en el jardín, puede ocurrir que lo hagas contigo mismo. El día en que eso te ocurra, a lo mejor también te pones a gritar como un loco. No faltaría más, pues no todos los días descubres que eres un terrestre de carne y hueso sobre una pequeña isla del universo.

Entendía lo que quería decir, pero no resultaba fácil añadir nada. Lo último que dijo sobre el marciano fue:

- ¿Recuerdas que vimos una película que se llamaba Encuentro?

Asentí. Era una extraña película, sobre gente que descubre un platillo volador de otro planeta.

- El ver una nave espacial de otro planeta se llama encuentro en la primera fase. Si además se ve a seres de dos patas salir de la nave, se llama encuentro en la segunda fase. Pero al año siguiente de ver Encuentro, vimos otra película...

- Que se llamaba Encuentros en la tercera fase.

- Exactamente. Eso es porque tocaron a esos seres de otro sistema solar. Es ese contacto directo con lo desconocido lo que se llama encuentro en la tercera fase. ¿Vale?

- Vale.

Permaneció sentado, mirando la plaza con todas las terrazas, y siguió diciendo:

- Pero tú, Hans Thomas, tú has vivido el encuentro en cuarta fase.

Me debí quedar totalmente perplejo.

- Porque eres un misterioso ser del espacio – dijo mi viejo con énfasis. Solté la taza de café en la mesa con tal ímpetu que a los dos nos sorprendió que no se rompiera –. Tú eres ese misterioso ser, y tú lo conoces desde dentro.

Yo estaba ya bastante alucinado, pero comprendí que mi viejo tenía razón.

[1] Gaardner, Jostein (1995) El misterio del solitario, págs. 109-111, Ed. Siruela, España.

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