(Fragmento tomado de Monsalve, P. (1998) Violencia y sociedad en el fin de siglo, en Antropología, Eudeba, Bs. As.)
¿De qué hablamos cuando hablamos de violencia? Los discursos de violencia revelan el contexto social que los produce. No debe extrañarnos, entonces, el énfasis puesto en desentrañar y mostrar sin pudor los hechos de violencia protagonizados por quienes pertenecen a los sectores más pauperizados de nuestras sociedades, en donde, según el consenso dominante, se concentran los delitos más terribles.
La cobertura amarillística a la que nos tienen habituados las crónicas policiales de los distintos medios funciona, en este caso, justamente como una cubierta que al tiempo que oculta y nos distrae de percibir otras violencias, nos muestra el costado "feo" de la sociedad, responsabilizando de su fealdad a quienes, como en la película de Scola, siguen siendo Feos, sucios y malos. De esta manera, se sigue reforzando una descalificación necesaria para la reproducción de las relaciones de poder, legitimando marginaciones sociales, cuya producción la sociedad desconoce como propia. Así se generan una serie de estereotipos en donde delincuencia criminal, abuso sexual, alcoholismo, drogadicción forman parte de una representación única y unidireccional.
Pero, junto a estas formas conocidas de violencia, hay otras, ligadas con condiciones sociales y culturales que son inéditas. Balandier menciona algunas: "el odio trata de hacerse lenguaje: respuesta agresiva a una sociedad que es generadora de rechazos, de exclusiones; expresión de xenofobia y rechazo del Otro; sacrificio improvisado de culpables tomados entre los partidarios del campo adverso (...). En las sociedades de la modernidad actual, las situaciones potencialmente generadoras de violencia son permanentes y no sólo coyunturales: efectos de número (con el apilamiento urbano), de masa (con la indiferenciación), de multitud (con las reuniones ocasionales cargadas de un poder difícil de controlar), de imitación (toca la fragilidad de los valores y modelos de identidad, propicia el desamparo individual)".
¿Qué pasa con otras violencias más intangibles aún? ¿Quién pide cuentas al Estado que se retira de la responsabilidad social de garantizar condiciones mínimas de vida a toda la población?
Según las conclusiones de la cumbre realizada en febrero último (1998) sobre Pobreza en América Latina, organizada por el BID y la ONU en Washington, la pobreza se ha constituido en la principal causa de muerte en el subcontinente. Se le atribuyen un millón quinientas mil defunciones al año. Los más expuestos son los más débiles, los chicos. Dos mil niños mueren por día por enfermedades derivadas de las malas condiciones de vida.
Luego siguen las mujeres, que son quienes han pagado con su esfuerzo una buena parte de peso del ajuste económico. Cerca del 40% de los hogares humildes tienen a la cabeza una mujer; en consecuencia, ellas trabajan más y duermen y comen menos. La desocupación afecta fundamentalmente al sector masculino de la población en edad económicamente activa. Se resquebraja la estructura familiar y faltan las coberturas de contención externas otrora garantizadas por el Estado.
Finalmente, ante este panorama apocalíptico que nos ofrece el mundo al filo del siglo, ¿podremos abrirnos caminos más transitables o seguiremos yendo por el borde del precipicio, volviendo la mirada al interior para no ver cuántos caen al vacío?
¿Podremos los científicos sociales recoger el guante (...) y producir discursos sobre violencia que dejen las villas miserias, las favelas, las cárceles, los psiquiátricos, etc. y empezar a incluir estudios sobre la sutil agresión de los banqueros, los ejecutivos o los militares, para no seguir preservando a esos ámbitos como si estuvieran desplegando una sana competitividad legal, indispensable para lograr aquello del "éxito"?