29 de octubre de 2011

Violencia - De eso no se habla

(Fragmento tomado de Monsalve, P. (1998) Violencia y sociedad en el fin de siglo, en Antropología, Eudeba, Bs. As.)


¿De qué hablamos cuando hablamos de violencia? Los discursos de violencia revelan el contexto social que los produce. No debe extrañarnos, entonces, el énfasis puesto en desentrañar y mostrar sin pudor los hechos de violencia protagonizados por quienes pertenecen a los sectores más pauperizados de nuestras sociedades, en donde, según el consenso dominante, se concentran los delitos más terribles.


La cobertura amarillística a la que nos tienen habituados las crónicas policiales de los distintos medios funciona, en este caso, justamente como una cubierta que al tiempo que oculta y nos distrae de percibir otras violencias, nos muestra el costado "feo" de la sociedad, responsabilizando de su fealdad a quienes, como en la película de Scola, siguen siendo Feos, sucios y malos. De esta manera, se sigue reforzando una descalificación necesaria para la reproducción de las relaciones de poder, legitimando marginaciones sociales, cuya producción la sociedad desconoce como propia. Así se generan una serie de estereotipos en donde delincuencia criminal, abuso sexual, alcoholismo, drogadicción forman parte de una representación única y unidireccional.


Pero, junto a estas formas conocidas de violencia, hay otras, ligadas con condiciones sociales y culturales que son inéditas. Balandier menciona algunas: "el odio trata de hacerse lenguaje: respuesta agresiva a una sociedad que es generadora de rechazos, de exclusiones; expresión de xenofobia y rechazo del Otro; sacrificio improvisado de culpables tomados entre los partidarios del campo adverso (...). En las sociedades de la modernidad actual, las situaciones potencialmente generadoras de violencia son permanentes y no sólo coyunturales: efectos de número (con el apilamiento urbano), de masa (con la indiferenciación), de multitud (con las reuniones ocasionales cargadas de un poder difícil de controlar), de imitación (toca la fragilidad de los valores y modelos de identidad, propicia el desamparo individual)".


¿Qué pasa con otras violencias más intangibles aún? ¿Quién pide cuentas al Estado que se retira de la responsabilidad social de garantizar condiciones mínimas de vida a toda la población?


Según las conclusiones de la cumbre realizada en febrero último (1998) sobre Pobreza en América Latina, organizada por el BID y la ONU en Washington, la pobreza se ha constituido en la principal causa de muerte en el subcontinente. Se le atribuyen un millón quinientas mil defunciones al año. Los más expuestos son los más débiles, los chicos. Dos mil niños mueren por día por enfermedades derivadas de las malas condiciones de vida.


Luego siguen las mujeres, que son quienes han pagado con su esfuerzo una buena parte de peso del ajuste económico. Cerca del 40% de los hogares humildes tienen a la cabeza una mujer; en consecuencia, ellas trabajan más y duermen y comen menos. La desocupación afecta fundamentalmente al sector masculino de la población en edad económicamente activa. Se resquebraja la estructura familiar y faltan las coberturas de contención externas otrora garantizadas por el Estado.


Finalmente, ante este panorama apocalíptico que nos ofrece el mundo al filo del siglo, ¿podremos abrirnos caminos más transitables o seguiremos yendo por el borde del precipicio, volviendo la mirada al interior para no ver cuántos caen al vacío?


¿Podremos los científicos sociales recoger el guante (...) y producir discursos sobre violencia que dejen las villas miserias, las favelas, las cárceles, los psiquiátricos, etc. y empezar a incluir estudios sobre la sutil agresión de los banqueros, los ejecutivos o los militares, para no seguir preservando a esos ámbitos como si estuvieran desplegando una sana competitividad legal, indispensable para lograr aquello del "éxito"?

19 de agosto de 2011

Encuentro en cuarta fase...[1]

Tras dos o tres de esas copas, mi viejo me miró muy serio a los ojos, como si hubiera decidido confiarme el mayor secreto de su vida.

- ¿No te habrás olvidado de nuestro jardín en Hisoy, verdad?

No me digné contestar una pregunta tan tonta, y él tampoco esperaba ninguna respuesta.

- Bueno – continuó – entonces escúchame bien, Hans Thomas. Imaginémonos que un día sales al jardín y descubres un pequeño marciano entre los manzanos. Digamos que es un poco más pequeño que tú, y en lo que respecta a si el hombrecillo es amarillo o verde, se lo dejo a tu imaginación.

Asentí con la cabeza, no hubiera servido de nada protestar por el tema elegido.

- El forastero se queda mirándote fijamente, como se suele mirar a seres de otro planeta. La cuestión es cómo reaccionarías .

Estuve a punto de decir que le habría invitado a un desayuno del planeta Tierra, pero dije que seguramente me hubiese entrado tal pánico que me hubiera puesto a gritar como un loco.

Mi viejo asintió con la cabeza, evidentemente satisfecho por mi respuesta. Al mismo tiempo, comprendí que tenía algo más que decir.

- ¿No crees que también te preguntarías quién era ese hombrecillo y de dónde vendría?

- Naturalmente – contesté.

Volvió a echar la cabeza hacia atrás, como si estuviera examinando a todas las personas de la plaza. Luego preguntó:

- ¿No se te ha ocurrido nunca pensar que tú mismo puede ser uno de esos marcianos?

Estaba acostumbrado a escuchar todo lo que salía de su boca, pero entonces tuve que agarrarme al borde de la mesa, para no caerme de la silla en la que estaba sentado.

- O un terrestre, si quieres. En realidad, no importa gran cosa cómo llamemos al planeta en que vivimos. Lo importante es que tú eres un hombrecillo de dos patas que anda a gatas por un planeta del universo.

- Exactamente como ese marciano.

Mi viejo asintió y continuó:

- Aunque no tropieces con un marciano en el jardín, puede ocurrir que lo hagas contigo mismo. El día en que eso te ocurra, a lo mejor también te pones a gritar como un loco. No faltaría más, pues no todos los días descubres que eres un terrestre de carne y hueso sobre una pequeña isla del universo.

Entendía lo que quería decir, pero no resultaba fácil añadir nada. Lo último que dijo sobre el marciano fue:

- ¿Recuerdas que vimos una película que se llamaba Encuentro?

Asentí. Era una extraña película, sobre gente que descubre un platillo volador de otro planeta.

- El ver una nave espacial de otro planeta se llama encuentro en la primera fase. Si además se ve a seres de dos patas salir de la nave, se llama encuentro en la segunda fase. Pero al año siguiente de ver Encuentro, vimos otra película...

- Que se llamaba Encuentros en la tercera fase.

- Exactamente. Eso es porque tocaron a esos seres de otro sistema solar. Es ese contacto directo con lo desconocido lo que se llama encuentro en la tercera fase. ¿Vale?

- Vale.

Permaneció sentado, mirando la plaza con todas las terrazas, y siguió diciendo:

- Pero tú, Hans Thomas, tú has vivido el encuentro en cuarta fase.

Me debí quedar totalmente perplejo.

- Porque eres un misterioso ser del espacio – dijo mi viejo con énfasis. Solté la taza de café en la mesa con tal ímpetu que a los dos nos sorprendió que no se rompiera –. Tú eres ese misterioso ser, y tú lo conoces desde dentro.

Yo estaba ya bastante alucinado, pero comprendí que mi viejo tenía razón.

[1] Gaardner, Jostein (1995) El misterio del solitario, págs. 109-111, Ed. Siruela, España.