29 de octubre de 2011

Violencia - De eso no se habla

(Fragmento tomado de Monsalve, P. (1998) Violencia y sociedad en el fin de siglo, en Antropología, Eudeba, Bs. As.)


¿De qué hablamos cuando hablamos de violencia? Los discursos de violencia revelan el contexto social que los produce. No debe extrañarnos, entonces, el énfasis puesto en desentrañar y mostrar sin pudor los hechos de violencia protagonizados por quienes pertenecen a los sectores más pauperizados de nuestras sociedades, en donde, según el consenso dominante, se concentran los delitos más terribles.


La cobertura amarillística a la que nos tienen habituados las crónicas policiales de los distintos medios funciona, en este caso, justamente como una cubierta que al tiempo que oculta y nos distrae de percibir otras violencias, nos muestra el costado "feo" de la sociedad, responsabilizando de su fealdad a quienes, como en la película de Scola, siguen siendo Feos, sucios y malos. De esta manera, se sigue reforzando una descalificación necesaria para la reproducción de las relaciones de poder, legitimando marginaciones sociales, cuya producción la sociedad desconoce como propia. Así se generan una serie de estereotipos en donde delincuencia criminal, abuso sexual, alcoholismo, drogadicción forman parte de una representación única y unidireccional.


Pero, junto a estas formas conocidas de violencia, hay otras, ligadas con condiciones sociales y culturales que son inéditas. Balandier menciona algunas: "el odio trata de hacerse lenguaje: respuesta agresiva a una sociedad que es generadora de rechazos, de exclusiones; expresión de xenofobia y rechazo del Otro; sacrificio improvisado de culpables tomados entre los partidarios del campo adverso (...). En las sociedades de la modernidad actual, las situaciones potencialmente generadoras de violencia son permanentes y no sólo coyunturales: efectos de número (con el apilamiento urbano), de masa (con la indiferenciación), de multitud (con las reuniones ocasionales cargadas de un poder difícil de controlar), de imitación (toca la fragilidad de los valores y modelos de identidad, propicia el desamparo individual)".


¿Qué pasa con otras violencias más intangibles aún? ¿Quién pide cuentas al Estado que se retira de la responsabilidad social de garantizar condiciones mínimas de vida a toda la población?


Según las conclusiones de la cumbre realizada en febrero último (1998) sobre Pobreza en América Latina, organizada por el BID y la ONU en Washington, la pobreza se ha constituido en la principal causa de muerte en el subcontinente. Se le atribuyen un millón quinientas mil defunciones al año. Los más expuestos son los más débiles, los chicos. Dos mil niños mueren por día por enfermedades derivadas de las malas condiciones de vida.


Luego siguen las mujeres, que son quienes han pagado con su esfuerzo una buena parte de peso del ajuste económico. Cerca del 40% de los hogares humildes tienen a la cabeza una mujer; en consecuencia, ellas trabajan más y duermen y comen menos. La desocupación afecta fundamentalmente al sector masculino de la población en edad económicamente activa. Se resquebraja la estructura familiar y faltan las coberturas de contención externas otrora garantizadas por el Estado.


Finalmente, ante este panorama apocalíptico que nos ofrece el mundo al filo del siglo, ¿podremos abrirnos caminos más transitables o seguiremos yendo por el borde del precipicio, volviendo la mirada al interior para no ver cuántos caen al vacío?


¿Podremos los científicos sociales recoger el guante (...) y producir discursos sobre violencia que dejen las villas miserias, las favelas, las cárceles, los psiquiátricos, etc. y empezar a incluir estudios sobre la sutil agresión de los banqueros, los ejecutivos o los militares, para no seguir preservando a esos ámbitos como si estuvieran desplegando una sana competitividad legal, indispensable para lograr aquello del "éxito"?

19 de agosto de 2011

Encuentro en cuarta fase...[1]

Tras dos o tres de esas copas, mi viejo me miró muy serio a los ojos, como si hubiera decidido confiarme el mayor secreto de su vida.

- ¿No te habrás olvidado de nuestro jardín en Hisoy, verdad?

No me digné contestar una pregunta tan tonta, y él tampoco esperaba ninguna respuesta.

- Bueno – continuó – entonces escúchame bien, Hans Thomas. Imaginémonos que un día sales al jardín y descubres un pequeño marciano entre los manzanos. Digamos que es un poco más pequeño que tú, y en lo que respecta a si el hombrecillo es amarillo o verde, se lo dejo a tu imaginación.

Asentí con la cabeza, no hubiera servido de nada protestar por el tema elegido.

- El forastero se queda mirándote fijamente, como se suele mirar a seres de otro planeta. La cuestión es cómo reaccionarías .

Estuve a punto de decir que le habría invitado a un desayuno del planeta Tierra, pero dije que seguramente me hubiese entrado tal pánico que me hubiera puesto a gritar como un loco.

Mi viejo asintió con la cabeza, evidentemente satisfecho por mi respuesta. Al mismo tiempo, comprendí que tenía algo más que decir.

- ¿No crees que también te preguntarías quién era ese hombrecillo y de dónde vendría?

- Naturalmente – contesté.

Volvió a echar la cabeza hacia atrás, como si estuviera examinando a todas las personas de la plaza. Luego preguntó:

- ¿No se te ha ocurrido nunca pensar que tú mismo puede ser uno de esos marcianos?

Estaba acostumbrado a escuchar todo lo que salía de su boca, pero entonces tuve que agarrarme al borde de la mesa, para no caerme de la silla en la que estaba sentado.

- O un terrestre, si quieres. En realidad, no importa gran cosa cómo llamemos al planeta en que vivimos. Lo importante es que tú eres un hombrecillo de dos patas que anda a gatas por un planeta del universo.

- Exactamente como ese marciano.

Mi viejo asintió y continuó:

- Aunque no tropieces con un marciano en el jardín, puede ocurrir que lo hagas contigo mismo. El día en que eso te ocurra, a lo mejor también te pones a gritar como un loco. No faltaría más, pues no todos los días descubres que eres un terrestre de carne y hueso sobre una pequeña isla del universo.

Entendía lo que quería decir, pero no resultaba fácil añadir nada. Lo último que dijo sobre el marciano fue:

- ¿Recuerdas que vimos una película que se llamaba Encuentro?

Asentí. Era una extraña película, sobre gente que descubre un platillo volador de otro planeta.

- El ver una nave espacial de otro planeta se llama encuentro en la primera fase. Si además se ve a seres de dos patas salir de la nave, se llama encuentro en la segunda fase. Pero al año siguiente de ver Encuentro, vimos otra película...

- Que se llamaba Encuentros en la tercera fase.

- Exactamente. Eso es porque tocaron a esos seres de otro sistema solar. Es ese contacto directo con lo desconocido lo que se llama encuentro en la tercera fase. ¿Vale?

- Vale.

Permaneció sentado, mirando la plaza con todas las terrazas, y siguió diciendo:

- Pero tú, Hans Thomas, tú has vivido el encuentro en cuarta fase.

Me debí quedar totalmente perplejo.

- Porque eres un misterioso ser del espacio – dijo mi viejo con énfasis. Solté la taza de café en la mesa con tal ímpetu que a los dos nos sorprendió que no se rompiera –. Tú eres ese misterioso ser, y tú lo conoces desde dentro.

Yo estaba ya bastante alucinado, pero comprendí que mi viejo tenía razón.

[1] Gaardner, Jostein (1995) El misterio del solitario, págs. 109-111, Ed. Siruela, España.

13 de julio de 2008

¿Quién soy?

Maxi es un pibe de 13 años. Va junto conmigo al colegio, a primer año. Lo conozco hace un montón. Éramos compañeros en la primaria y nuestras familias se conocían desde mucho antes. Es flaco, ni muy alto ni muy bajo, de ojos marrones y pelo castaño, algo largo.
Este último año le estuvieron pasando muchas cosas. Yo veía que algo le pasaba, pero no sabía qué era hasta hace poco, cuando tuvimos una charla que nos dejó a los dos muchas cosas para pensar sobre nosotros mismos.
Todo empezó cuando tuvimos que volver al colegio después de las vacaciones de verano. Empezaba una etapa nueva, 1º año. El venía de la primaria de otro colegio, junto conmigo y con otro amigo: Fernando. Teníamos muchas expectativas por conocer nuevos compañeros y compañeras. Pero también estábamos muy nerviosos, por saber cómo nos íbamos a integrar al grupo nuevo (él es algo tímido), y por todas las cosas nuevas que íbamos a tener que empezar a hacer (estudiar más, conocer lo que esperaban de él 14 profesores distintos, movernos más solos con los horarios, etc.).
Los primeros días fueron complicados. Éramos “bichos raros” todo el tiempo. Los alumnos más grandes, nos miraban como imponiendo respeto, marcando el “derecho de piso”. La mayoría de nuestros compañeros venían de uno o dos colegios primarios, con lo cual ya se conocían y formaban grupos más o menos unidos… y bastante cerrados. Así que él se quedó todos los recreos conversando en un costado del patio con Fer y conmigo.
Al poco tiempo, la cosa empezó a cambiar. Se había empezado a llevar bien con otros dos chicos: Pablo y Leonardo. Con ellos empezó a hablar a partir de un TP que tenían que hacer en grupo. Y charlando, cuando se juntaban para estudiar, se dieron cuenta de que tenían muchas cosas en común: la música, el cine, el fútbol (aunque Maxi y Fer son de River, Pablo y yo de Boca, y Leonardo de Racing, motivo de varias discusiones acaloradas). Junto con Maxi y los otros logramos formar un grupo unido. Íbamos a jugar a la pelota, nos juntábamos en la casa de alguno a comer unas pizzas y tocar la guitarra… incluso pensamos en formar una banda.
Pero la cosa no iba a quedar así. Más o menos a mitad de año, a Maxi le empezó a gustar una chica del curso: Florencia. Ella no formaba parte de nuestro grupo de amigos. Es más, casi ni se hablaban. Era del grupo de las “lindas”. No se acercaba a chicos como nosotros. El estuvo un tiempo largo sin saber cómo acercarse a ella… hasta que se dio la oportunidad casi sin darse cuenta. En un cumpleaños de un amigo en común, Maxi tocó un par de canciones con la “banda”. Y dio la casualidad que eran canciones que le encantaban a Florencia. Así que después de que terminó el “show”, ella se acercó a Maxi y estuvieron charlando casi toda la noche.
Maxi no sabía qué hacer. Florencia y sus amigos no teníamos nada que ver. Nosotros somos medio chantas, nos gusta la cumbia, el fútbol y las películas de acción. Ella, siempre preocupada porque la ropa sea de moda, escucha sólo marcha y Alejandro Sanz (odia la cumbia, porque es “de negro”), le encanta el voley y las películas de amor.
La situación de Maxi era complicada. No quería perder a ninguno de sus amigos, pero no sabía cómo. En los recreos y momentos libres del colegio, estaba como perdido. En el patio, estaba un rato con nosotros, hablando de música o pateando latitas en un “picadito” imaginario; pero en cuanto veía que Florencia lo estaba mirando, dejaba todo lo que estaba haciendo, y se iba con ella. Otras veces era al revés: estaba con Florencia, charlando, embobado, hasta que pasábamos y le pedíamos que se sumara al partido, porque faltaba uno. En esos momentos, tratando de explicarle a Florencia la importancia de ser parte de un equipo, se despedía rápidamente y corría hasta las canchas de la vuelta del colegio, donde ya se estaba armando el partido.
Y fue entonces que empezaron los reclamos de ambas partes. Florencia le reclamaba que le preste más atención, que no siga poniendo el fútbol antes que ella, que cuando salen no esté tarareando siempre canciones de cumbia, que deje que sus amigos se arreglen entre ellos cuando él intercedía en alguna pelea, generalmente debida a gastadas por la fecha del domingo, etc..

Fer y yo le reclamábamos que éramos sus amigos de siempre, que nos banque, que no nos abandone por pavadas… Pablo y Leo siempre le reclamaban sus ausencias en el fútbol, su forma de tratarlos, que quisiera incluir en las canciones de la banda algunas de las que quería Florencia… La cosa se ponía cada vez más densa… se sentía tironeado desde todos lados…
Hasta que un día decidió que tenía que hacer algo. Dejó todo lo que tenía para hacer, me llamó y nos fuimos a caminar por ahí, charlando. Maxi quería aclarar sus diferencias. Después de hacer varias cuadras hablando de pavadas, se hizo un silencio. Parecía que ya no teníamos nada que decirnos, que no encontrábamos temas de conversación... hasta que habló Maxi.
- ¿Qué pasa? ¿Ya ni me hablás?
- ¿Qué te pasa a vos, nene? Estás re-cortado, ¿y ahora me decís esto?
- Yo no te hice nada. Ustedes me dejan afuera. No se bancan que tenga que salir con Florencia.
- Nada que ver. Es ella la que no quiere que estés con nosotros. Fijate como nos mira… como si fuésemos menos que ella.
- ¿Qué decís? Ella no me decía nada hasta que ustedes se pusieron densos con sus reclamos… por el fútbol… por la banda… ¡Si son ustedes los que no quieren que cantemos nada más que cumbia! Ya parecemos re-negros…
- ¡Ves! – le dije, interrumpiéndolo – eso no lo pensás vos. Eso es algo que te dijo ella. Si a vos te encanta la cumbia. No podés dejar de cantar y bailar con cualquier canción que escuches.
- No sé, no sé… – se quedó callado unos segundos, como sin saber qué decir – No creo que sea así. Pensé que me conocías. Yo siempre digo lo que yo pienso, no lo que me dicen los demás.
- Yo también pensé que te conocía – ya mi enojo empezaba a desaparecer, ahora era otra cosa lo que sentía – pero parece que no. ¿Desde cuándo vas al cine a ver películas románticas? ¿Y desde cuándo, si se puede saber, te preocupa tanto no ensuciarte la ropa, o que sea de marca? Si toda la vida usaste las zapatillas hasta que no tenían ni suela, y la gorra roja que te regalamos hace tanto que ya estaba toda deshilachada.
- ¿Qué pasa con eso? La gorra la sigo teniendo, pero ya fue… y lo de la ropa, no se que tiene de malo ¿no puedo vestirme bien?
- Si, poder… podés… Pero no parecés vos… es como si fueras otro pibe… Como si te hubieran cambiado.
- Nada que ver. Los que cambiaron son ustedes… – se queda pensativo – Aunque en algunas cosas tenés razón. A veces a mí también me parece que me pierdo de un montón de cosas que hacía antes con ustedes. Hay días que estoy con Florencia y me muero por ir a patear un rato con ustedes a la canchita.
- ¿Viste? Al final no estamos tan equivocados. Vos cambiaste…
- Si… puede ser… pero la verdad que no se… es raro… es como que no se bien qué hacer en cada momento… a veces quiero estar con ella… a veces con ustedes… me gusta usar la ropa de siempre… pero a veces pienso que queda re-roñoso y quiero comprarme ropa nueva, de marca… que se yo… es complicado…
- Es verdad. – en ese momento sentí que empezaba a entender por dónde pasaba la cosa – A mí a veces también me pasa lo mismo… en casa me piden que sea de una manera, que haga las cosas como ellos quieren… me dicen que no soy el hijo que tenían de chiquito… ustedes me reclaman cosas… pero yo también quiero hacer lo que hago ahora, como a mí se me cante… es como que no sé bien quién soy… cómo quiero ser…
Después de un rato de seguir caminando, la charla se fue desviando para otros temas. Me parece que los dos nos dimos cuenta de que estábamos pasando por lo mismo, y que seguíamos siendo los mismos de siempre, pero con algunas diferencias… Nos sentamos en un kiosco a tomar algo… y seguimos siendo muy buenos amigos hasta el día de hoy.

6 de julio de 2008

Homo Viator - Prefiero los caminos a las fronteras


Qué se hace una mañana
en que ves amanecer
y la vida es una larga
caminata por hacer
Qué se hace qué se hace
sino acaso respirar
y con tu sorbo de aire
levantarte y caminar


Silvio Rodríguez


El hombre es un ser en camino. La vida es camino. Un camino del que poco sabemos qué nos depara, incluso en sus proximidades. Un camino que es eterno horizonte, que se descubre a medida que lo vamos recorriendo.
A veces, pareciera que el camino es circular. Que no avanzamos. Citando a Albert Camus: "Levantarse, tranvía, cuatro horas de oficina o de taller, comida, tranvía, cuatro horas de trabajo, descanso, dormir, y el lunes-martes-miércoles-jueves-viernes-sábado siempre al mismo ritmo, siguiendo fácilmente el mismo camino casi siempre. [...] Todo vuelve a comenzar en medio de ese cansancio teñido de admiración". Este eterno retorno que nos da una ilusión de eternidad...
¿Tiene sentido vivir una vida así? es la pregunta que se impone. ¿Tiene sentido que me convierta en una pieza más de la maquinaria que parece ser la realidad? ¿Dónde queda mi yo, esa individualidad, esa novedad que me hace único e irrepetible? Una vida así me resulta invivible. Quien transita el camino de la rutina interminable termina no siendo un alguien sino un algo... o peor, en un monstruo, un alienado... porque las cosas -los "algos" por naturaleza- al menos cumplen con su misión, no necesitan nada más. Pero un hombre convertido en algo, siempre mantiene, aún recónditamente, la conciencia de que vive a medias, una insatisfacción existencial que no lo deja en paz, la voz de la voluntad de ser más -la voluntad de poder bien entendida-.
Pero el extremo opuesto, la libertad absoluta, ¿será tanto más vivible? ¿Puede el hombre vivir en la plena conciencia de su contingencia y finitud? Desde la teoría, pareciera que sí. Desde la práctica... imaginemos un relato alternativo al de Camus: "Levantarse ¿o no? ¿con qué fin? Bueno, me levanto. Subo al colectivo para ir a la oficina y pasar 8 horas entre papeles. Pero, ¿qué sentido tiene eso? ¿Qué me obliga a hacerlo? De hecho,¿Cómo sé si voy a llegar? Que el conductor siga el recorrido habitual sería rutinario... Bueno, el hecho es que llegué. Logré trabajar toda la jornada y volver a casa a descansar... me estoy por ir a dormir... ¿A dormir? Si soy absoluta libertad, ¿cómo puedo irme a dormir, "seguro" de que me voy a despertar? ¿Puedo descansar sabiendo que sólo hay un 50% de probabilidades de que despierte y siga adelante?". Imposible. Invivible. Aterrorizante.
Vivir en la rutina más absoluta nos deshumaniza. Pero vivir en la libertad más radical, nos paraliza... y si nos paralizamos, morimos. Sólo la confianza en ciertas rutinas, en ser parte de ciertos "mecanismos", nos permiten seguir adelante. Si la vida es un camino que se nos revela como eterno horizonte... solamente la convicción de que al dar un paso nos encontraremos con más camino por andar nos permite el movimiento. ¿Quién daría el paso siguiente, si pensara que frente a él puede abrirse el abismo más insondable, y que uno caería inevitablemente?
¿Entonces? No sé si hay una respuesta. Por el momento, no tengo una que me parezca satisfactoria. Tal vez, la mejor sea la del mismo Camus: “Comenzar”, eso es importante. [Porque] inaugura al mismo tiempo el movimiento de la conciencia.

30 de junio de 2008

Fronteras

No cuento más que fronteras hacia cualquier dirección.
Marginado de un mundo que hago y no vivo.
Fronteras de sueños y de realidades.
Fronteras de odio, fronteras infames.
Fronteras tangibles y siempre intocables.
Silvio Rodríguez



Filosofía y violencia. Pensar y violencia. Pensar la violencia. Y muchas veces, pensar es violento. Por lo tanto, dos palabras que van relacionadas desde el inicio mismo de la historia del hombre y del pensamiento.
Heráclito y su concepción de que “la lucha es en efecto el generador de todas las cosas”.
Hobbes diciendo que “el hombre es el lobo del hombre”, y que por ende se necesita un Leviatán que infunda el temor y controle a estas bestias.
Hegel, para quien la historia de la humanidad es una “lucha (casi) a muerte por el reconocimiento”.
Sartre, más existencialista, ve en el encuentro interpersonal una afrenta, donde la mirada del otro es una mirada inquisidora y violenta, deseosa de mi derrota para apropiarse de lo mío. Y la muerte como la derrota final, la impotencia absoluta del hombre frente a la existencia, que lo convierte en botín de la humanidad. Hegel no se anima a matar al hombre. Sartre plantea que resulta inevitable y hasta necesario.
Una lista interminable. Imposible enumerar a todos los que abordaron esta cuestión tan cotidiana y tan estructural. La violencia merece ser pensada. Pero no de cualquier manera. Se debe hacer a conciencia, saliendo de los lugares comunes a los que nos tienen acostumbrados. Para llegar a fondo, no interesan las estadísticas, los índices, los porcentajes. Cada conflicto, cada muerte, cada sufrimiento, por estadísticamente irrelevante que resulte, tiene detrás una vida, una persona, con sus ideas, con sus vínculos, con su historia y sus proyectos. Evidentemente, es más fácil decir “los daños colaterales de la guerra tal fueron de un x%” que decir “maté a Fulano, arruiné su sueño de disfrutar de sus hijos, y con esto también trunqué una familia”.
Vivimos un momento de crisis: de valores, de creencias, de instituciones, de todo. Una crisis que parece signada por el lema “divide y reinarás”. Una crisis de “todos contra todos, y sálvese quien pueda”. Pero así, tomando la frase de Gandhi, “ojo por ojo, el mundo quedará ciego”. A la violencia no se le puede responder con más violencia. Estamos en una situación límite. Y, como bien sabemos, estas situaciones son inesquivables. Obligan a tomar posición.
Frente a esta realidad, dos grandes opciones. La primera, aceptarla. Naturalizarla. “Es lo que hay”. “Nos peleamos desde que el hombre es hombre”. “No debe ser tan así. Los medios a veces exageran un poco”. Intentos de negar o esquivar el problema. “Salidas fáciles” que establecen fronteras, que aíslan a los hombres, que los cierran en una cárcel con forma de burbuja. La tranquilidad de la inconsciencia. El problema es que, cuando llega, la violencia suele ser más cruel con ese tipo de gente. Y en ese momento, no queda otra que hacer opción por la segunda posibilidad (con lo cual, ¿por qué mejor no comenzar directamente por la segunda vía?)
La alternativa: pensar. Cuestionar. Rebelarse. Que la violencia no genere acostumbramiento. Decirle no, y proponer otro camino. Un camino de construcción de vínculos, de proyectos conjuntos. También tenemos numerosos ejemplos en la filosofía. Levinas, desde la vereda de enfrente de Sartre, se apropia de su símbolo. Pero su mirada ya no es aniquiladora. Esta mirada clama por ser reconocida como semejante, como alguien con el que se puede establecer una relación de igual a igual. Y la respuesta es también una mirada. Una mirada que plenifica. Una mirada de amor. Desde acá se puede pensar en una sociedad que no sea como el Leviatán, sino una sociedad de iguales que se reúnen en comunidad porque se dan cuenta de que juntos pueden más, como propuso Francisco Suárez.
Y a lo largo de la historia, el arte siempre ha sido herramienta privilegiada para expresar este pensar la violencia. El arte demostró que tiene un poder que le es propio, que no puede ser igualado por el de ninguna teoría. Porque una idea puede movilizar intelectos. Pero el arte moviliza eso y mucho más. Moviliza al hombre todo: ideas, convicciones, sentimientos, pasiones. No por nada el Guernica de Picasso es fundamental en la obra del siglo XX.
Las obras de arte demuestran esta intencionalidad “revolucionaria”. Lo hacen en tono de denuncia, de rechazo, en cierto modo, de “exorcismo” de nuestra cotidianidad frente a los males que la aquejan. El animarnos a mirar a fondo lo que nos rodea, nos da herramientas para poder pensar en alternativas, para poder deconstruir esta realidad y convertirla en algo mejor. En un mundo donde las líneas no generen divisiones como en los mapas políticos, sino vínculos que nos permitan una comunicación cada vez más profunda y más humana.

28 de junio de 2008

Esto es un Caleidoscopio


Caleidoscopio (del griego: kalós belleza; éidos imagen; scopéo observar)

"Observar una bella imagen". Esa es la interpretación más simple y lineal. Pero no es la idea de este espacio. Como en un caleidoscopio, podemos hacer aparecer nuevos significados.

Eidos. Imagen es una traducción posible. Pero también podría ser idea, en el sentido platónico del término. Pero ¡vaya contradicción! Poco paralelo podría trazarse al hablar de un caleidoscopio entre estas dos interpretaciones. La imagen que revela es cambio permanente. Por el contrario, la idea platónica es eterna quietud e inmutabilidad.

Por otro lado, la imagen es espectáculo, configuración objetiva de cristales independiente del sujeto. Como dice el tercer término del vocablo griego, es algo que se "observa". En cambio la idea (abandonando a Platón) es algo propio, algo que se construye, que depende de quien la piense. Las ideas no existen sin un ideador, sin un ser pensante que les de la vida. Las ideas se encarnan o se diluyen en la nada.

Kalos. Belleza, de acuerdo. Pero, ¿cómo se define? Ya resulta complicado si nos referimos a las imágenes... pero, ¿Y en relación a las ideas? ¿Qué es una "idea bella"? ¿Es una idea completa, que revela una verdad "clara y distinta"? ¿Es una idea estable a lo largo del tiempo? ¿O la belleza está dada por ese devenir caleidoscópico que sería el repensarse continuamente en función de la vida que avanza? ¿Acaso lo que es bello para algunos no puede resultar abominablemente horroroso para otros?

Scopeos. Observar. ¿Pueden observarse las ideas? El observador no se compromete con lo que observa. Hay una cierta asepsia, con pretensiones de objetividad. ¿Se logra esto en algún momento? ¿O el hecho de nuestra presencia y posicionamiento frente a una idea, aún queriendo verla desde fuera, ya está influyendo en la situación? ¿Acaso el que está afuera no tiene una determinada perspectiva, un determinado punto de vista? De hecho, aquel que observa desde lejos, probablemente se pierda detalles que sólamente son perceptibles a quien se acerca a inspeccionar minuciosamente.

Entonces... ¿por qué llamar caleidoscopio a este espacio? Porque brinda libertad. A quien escribe y a quien lee. Libertad de pensar, o de no hacerlo. De mirar desde afuera "a ver qué onda" o de "meterse hasta el cuello" en lo que vaya surgiendo. Libertad de perspectivas. De que cada uno pueda entender y pensar lo que quiera, o lo que pueda, a partir de lo que aparezca.

Ya veremos que cosas nos va mostrando este caleidoscopio de aquí en adelante.